Las agendas de quienes dirigimos empresas dicen mucho sobre nuestras prioridades. Hay reuniones con clientes, seguimiento de proyectos, presupuestos, decisiones y compromisos que difícilmente pueden esperar. Los espacios para descubrir algo por puro interés suelen tener menos suerte: se van moviendo hasta desaparecer de la semana.

Después esperamos llegar a una reunión con ideas frescas, encontrar una salida diferente a un problema o imaginar algo que todavía no existe. Esa creatividad también necesita que le dediquemos tiempo a conocer, observar y vivir otras cosas.

Pienso que hablamos poco de cómo los CEO alimentan su mundo. Conocemos sus estrategias, sus resultados y, a veces, sus rutinas para mantenerse productivos. Me interesa también lo que leen por curiosidad, las historias que los conmueven, las personas que escuchan fuera de su entorno profesional y las experiencias que les hacen revisar una certeza.

Todo eso forma parte de la mirada con la que después llegan a dirigir.

Aprende a mirar desde otro lugar

Esta semana fui al Teatro Nacional a ver La tumba de la Gran Lengua, del maestro Joaquín Orellana. A sus noventa y cinco años, conserva una lucidez extraordinaria y una conversación llena de historias e ideales de juventud que siguen intactos. Creada hace veinticinco años, la obra revela una mirada adelantada a su tiempo y reúne su universo sonoro con la palabra de Miguel Ángel Asturias. Ese encuentro entre música y literatura me dejó pensando en cuánto necesitamos acercarnos a otras formas de expresión. Sentarnos, escuchar y darle a una propuesta el tiempo necesario para descubrir qué nos provoca.

Llegué a esa experiencia después de haber empezado un recorrido personal que me tiene especialmente conectada con lo creativo. Hace poco me regalé un taller de escritura. De niña me encantaba escribir y, al crecer, fui dejando de hacerlo. Quise recuperar ese espacio y encontré, además, un grupo de hombres y mujeres extraordinarios con quienes compartimos historias y momentos de mucha introspección.

Escuchar sus textos fue una parte tan valiosa como volver a escribir los míos. Cada persona encontraba algo distinto en una experiencia, elegía otros detalles, hacía aparecer una emoción que alguien más había pasado por alto. Un mismo ejercicio nos llevaba a lugares muy diferentes.

Como directora de una empresa, agradecí también la posibilidad de participar desde otro lugar: ser alumna, probar, compartir algo sin terminar y recibir otras miradas. Volver a aprender una actividad exige aceptar cierta torpeza inicial. Hay mucho que rescatar de esa disposición cuando una está acostumbrada a que le pidan respuestas.

Ampliar el mundo para ampliar la mirada

Ese recorrido me hizo pensar en lo fácil que es reducir nuestras conversaciones a lo que ya conocemos. Coincidimos con personas del mismo sector, asistimos a encuentros parecidos y leemos contenidos que responden a nuestras preocupaciones profesionales. Podemos estar muy informados y, aun así, movernos dentro de un círculo de referencias bastante pequeño.

Para quien tiene la responsabilidad de dirigir, ampliar ese círculo merece atención. Una empresa convive con personas cuyas vidas, aspiraciones y preocupaciones son distintas. Comprenderlas requiere curiosidad y voluntad de escuchar, incluso cuando lo que aparece resulta incómodo o contradice nuestra experiencia.

La literatura, el teatro, la música y las artes visuales ofrecen oportunidades para ejercitar esa apertura. Una novela permite seguir las decisiones de un personaje y sus consecuencias. Una obra puede acercarnos a un conflicto desde varias perspectivas. La conversación con un artista puede mostrarnos cuánto ensayo, incertidumbre y revisión hay detrás de una creación.

También hay algo valioso en sostener una experiencia sin apresurarse a emitir un juicio. En darle tiempo a lo que todavía no entendemos. Quienes vivimos tomando decisiones podemos olvidar el placer de observar antes de resolver.

En Guatemala tenemos un mapa cultural diverso al que vale la pena acercarnos con mayor frecuencia. Hay creadores, espacios e historias que pueden ampliar nuestra relación con el lugar donde vivimos y trabajamos. Conocer esas expresiones requiere salir de los circuitos habituales y prestar atención a voces que quizá no llegan a nuestras reuniones.

Lo mismo ocurre con la naturaleza, con una conversación larga entre amigos o con un grupo donde podemos compartir inquietudes sin tener que conducir el encuentro. Son espacios que merecen lugar en la vida de quienes lideran. Allí también podemos encontrar disfrute, compañía y una perspectiva diferente sobre lo que nos ocupa.

El valor de alimentar la curiosidad

Por supuesto, ir al teatro no garantiza una buena decisión empresarial. Tampoco hace falta convertir cada libro o cada afición en una herramienta de gestión. El disfrute tiene valor propio. Me parece necesario defenderlo, especialmente cuando estamos tan acostumbrados a justificar el tiempo por lo que produce.

Aun así, nuestras experiencias nos acompañan. Las historias que escuchamos, los lugares que conocemos y lo que nos animamos a aprender van formando un repertorio al que recurrimos, muchas veces sin advertirlo. De allí también salen asociaciones, preguntas y maneras nuevas de abordar una situación.

Desde que volví a escribir me siento más atenta a esa parte de mi vida. Estoy recuperando una actividad que me gustaba y descubriendo cuánto disfruto compartirla. Eso me alcanza para querer sostenerla.

En las empresas pedimos creatividad, apertura y capacidad de imaginar. Quienes las dirigimos también tenemos que darles espacio en nuestra propia vida. La próxima idea puede empezar mucho antes de una reunión, en algo que nos detuvimos a mirar, en una historia que seguimos escuchando o en una actividad que nos animamos a retomar.

Nuestra agenda organiza el trabajo. También puede reservarle un lugar a todo lo que alimenta nuestra manera de mirar el mundo con unos ojos más creativos, curiosos, compasivos y hasta más divertidos.