No tenía pensado escribir sobre este tema. Como muchos, empecé leyendo una discusión que parecía ser sobre fútbol. Después parecía ser sobre Argentina. Pero mientras más comentarios leía, más sentía que el deporte era apenas el pretexto. Lo que realmente estaba ocurriendo era otra cosa.
Y esa otra cosa me hizo ruido. Confieso que hubo comentarios que me dolieron. Me dolió leer a personas a las que aprecio, con quienes compartí proyectos y experiencias, escribir con burla sobre mi país. Soy argentina. Claro que me atravesó.
Después pasó algo curioso. Cuando bajó un poco la emoción, apareció la profesional. Empecé a mirar esa conversación desde el lugar donde llevo más de veinte años trabajando: la comunicación y la reputación.
Mientras le daba vueltas al tema, recordé una idea de la antropóloga Rita Segato. Ella sostiene que las sociedades también se organizan a partir de la construcción permanente de un «nosotros» y un «ellos». Quizás por eso una conversación que parecía hablar de fútbol terminó hablando de identidad, pertenencia y prejuicios.
Siempre decimos que una reputación se construye lentamente y que puede deteriorarse muy rápido. Pero creo que estamos entrando en una etapa distinta. Antes hacía falta mucho tiempo para construir la reputación de una persona, de una empresa o incluso de un país. Hoy, a veces, alcanza un fin de semana… y un algoritmo.
Aunque, pensándolo mejor, sería un error creer que el problema son únicamente los algoritmos. Ellos no inventaron nuestros prejuicios ni crearon esa tendencia tan humana de dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». Esa forma de simplificar la realidad existe desde mucho antes que las redes sociales. Lo único que hicieron fue encontrar la manera perfecta de amplificarla.
Hay algo profundamente humano en esa necesidad de clasificar. Agrupamos, etiquetamos y buscamos patrones porque es la forma más rápida que tiene nuestro cerebro de comprender un mundo complejo. El problema aparece cuando esas categorías dejan de ayudarnos a entender la realidad y empiezan a reemplazarla. Dejamos de conocer personas para empezar a consumir etiquetas.
Entonces aparecen frases que todos hemos escuchado alguna vez: «los argentinos son…», «los latinoamericanos son…», «los empresarios son…», «los inmigrantes son…». Cambian los protagonistas, pero el mecanismo siempre es el mismo. La etiqueta llega antes que la persona.
Y ahí el algoritmo encuentra el escenario perfecto. No porque tenga ideología, valores o intenciones propias, sino porque fue diseñado para mantener nuestra atención. Y nuestra atención, casi siempre, se queda donde hay conflicto, indignación y certezas absolutas.
Las redes sociales no solo aceleran las conversaciones; también aceleran las simplificaciones. Una publicación genera otra. Un influencer la comenta. Un periodista la replica. Un líder de opinión la amplifica. En pocas horas, una narrativa comienza a sentirse verdadera simplemente porque la vimos muchas veces. No necesariamente porque sea la más justa, sino porque fue la más repetida.
Etiquetas y prejuicios
Basta un partido para que una trayectoria extraordinaria quede reducida a una sola jugada. Basta una declaración desafortunada para que una carrera entera parezca perder valor. Basta un video de unos segundos para que construyamos una opinión definitiva sobre alguien a quien no conocemos. No creo que eso ocurra porque seamos malas personas. Creo que ocurre porque confundimos, con demasiada facilidad, aquello que vemos repetido con aquello que necesariamente debe ser verdad.
Con los países pasa exactamente lo mismo. Durante estos días también me llamó la atención otra cosa. Mientras circulaban miles de publicaciones criticando, burlándose o generalizando, casi no vi el mismo entusiasmo por compartir aquello que también estaba ocurriendo: la resiliencia de un equipo, la disciplina, la capacidad de levantarse después de un golpe. Esas historias parecían tener mucho menos espacio. No porque fueran menos ciertas, sino porque la economía de la atención premia aquello que genera más confrontación que reflexión.
También me quedó dando vueltas otra idea. Como latinoamericanos, muchas veces seguimos buscando la validación de otros para sentirnos orgullosos de lo nuestro. Cuando ese orgullo proviene de países tradicionalmente admirados suele llamarse patriotismo. Cuando proviene de esta región, con demasiada frecuencia se interpreta como soberbia. No siempre ocurre así, por supuesto, pero el contraste resulta llamativo.
No escribo esto para decir que Argentina es mejor que otro país. No lo creo. Como tampoco creo que exista un país perfecto. Todos tienen contradicciones, errores, aciertos, motivos para sentirse orgullosos y razones para hacer autocrítica.
Lo escribo porque me preocupa la velocidad con la que dejamos de ver personas para empezar a ver etiquetas.
Porque detrás de una bandera hay millones de historias distintas. Porque detrás de una nacionalidad hay millones de personas que no piensan igual. Porque detrás de cada comentario también hay alguien que lo lee.
Y porque, después de tantos años trabajando en reputación, aprendí que las narrativas nunca son inocentes. No solo describen la realidad; también moldean la manera en que una sociedad aprende a mirar a los demás. Pueden humanizar o deshumanizar. Acercarnos o alejarnos. Ampliar una conversación… o empobrecerla.
No puedo cambiar cómo funciona un algoritmo. Tampoco puedo decidir cuál será el próximo tema que domine las redes sociales. Pero sí puedo decidir cómo participo en esa conversación. Puedo elegir si reacciono por impulso o si hago una pausa. Sí comparto una etiqueta o intento comprender una historia un poco más compleja. Si contribuyo a amplificar el ruido… o a recuperar los matices.
Quiero creer que todavía podemos elegir otra forma de conversar.





