Hace unos días conversaba con Fátima, amiga y colega, sobre algunas situaciones que estamos viviendo y tratando de entender. Hablábamos de versiones completamente diferentes sobre un mismo hecho y de lo difícil que se vuelve, a veces, saber qué hay realmente detrás de cada una. En algún momento dijimos algo que fue el momento ¡wow!: sobre algunas cosas todavía no teníamos una opinión. “Nos la estábamos formando”.

Y pensé en lo poco que decimos eso. Pareciera que frente a cada cosa que sucede tenemos que saber rápidamente qué pensamos. Aparece una denuncia, circula un video, alguien publica una interpretación y poco después aparece otra que sostiene exactamente lo contrario. Tenemos titulares, audios, capturas de pantalla, testimonios, analistas, expertos y supuestos expertos explicándonos en tiempo real qué pasó, quién tiene razón y muchas veces hasta qué deberíamos pensar.

Nunca tuvimos tanta información al alcance de la mano. El problema es que acceder a mucha información no necesariamente significa tener los elementos suficientes para entender lo que pasó.

Desde hace unos días, además, todas las noches, como parte casi de un tiempo recreativo o de dispersión, una amiga y yo nos compartimos videos sobre el mediático caso de Lindsay Clancy. Un testimonio, un fragmento del juicio, una interpretación que apareció en redes. Quizás por tenerlo tan presente, empecé a relacionarlo con la conversación con Fátima.

Lindsay Clancy es la mujer estadounidense acusada de haber matado a sus tres hijos en 2023. La defensa no discute que ella los mató. Lo que debe determinar el jurado es algo bastante más complejo: si debe ser considerada penalmente responsable por esas muertes teniendo en cuenta su estado mental en el momento de los hechos. Durante el juicio han declarado médicos, psiquiatras, familiares, peritos y otros testigos, además de los argumentos de la fiscalía y la defensa. Incluso especialistas que analizaron el mismo caso llegaron a conclusiones diferentes. Ahora, terminados los testimonios y después de los alegatos finales, llegará el momento en que el jurado tendrá que deliberar.

Pero mientras el juicio todavía sigue su curso, afuera hace tiempo que circulan sentencias. En redes hay personas que han seguido cada audiencia y analizan testimonios, gestos, palabras, movimientos, antecedentes y decisiones familiares. Hay quienes la defienden y quienes la condenan, investigadores improvisados y teorías que incluso han terminado involucrando a personas que no están acusadas en el proceso.

Yo también he seguido partes del juicio y tengo impresiones sobre lo que he escuchado. Pero justamente, ¿una impresión es suficiente para tener una opinión?

Cuando todos parecen tener una respuesta

Quienes tienen que decidir sobre este caso llevan semanas dentro de una sala escuchando evidencia bajo determinadas reglas, oyendo a especialistas que no siempre coinciden entre ellos y teniendo acceso a mucha más información de la que cualquiera de nosotros puede reunir mirando fragmentos desde una pantalla. Sin embargo, desde afuera podemos sentir una enorme seguridad sobre lo que ocurrió y sobre lo que debería resolverse.

El caso de Lindsay Clancy es extremo, por supuesto, pero mientras lo veía pensé que esa forma de construir certezas no nos resulta tan ajena. Nos pasa frente a una denuncia política, una acusación contra una empresa, un conflicto internacional o una historia que se vuelve viral. También nos pasa en cosas mucho más cercanas. Alguien nos cuenta un problema con otra persona, conocemos una versión de una separación o escuchamos parte de un conflicto y empezamos a completar lo que no sabemos con nuestras propias interpretaciones. Con una parte de la historia podemos llegar bastante rápido a una conclusión sobre el todo. Y tal vez la persona no quiere, siquiera, nuestra opinión sino sólo compartirlo.

En política esto se vuelve todavía más evidente porque a la información se suman nuestras afinidades, experiencias, emociones y prejuicios. No siempre recibimos de la misma manera una acusación contra alguien con quien simpatizamos que una idéntica contra alguien a quien rechazamos. Muchas veces creemos que estamos evaluando solamente los hechos, cuando también estamos defendiendo, sin darnos cuenta, aquello con lo que ya nos identificábamos.

Hace unos años estudié pensamiento crítico, algo que cada vez me parece más necesario. No como una técnica sofisticada ni como la costumbre de cuestionar absolutamente todo, sino como el ejercicio de separar lo que sabemos de lo que suponemos, preguntarnos de dónde viene una afirmación, qué evidencia la sostiene, qué información todavía nos falta y cuánto de nuestra propia mirada estamos poniendo en la interpretación.

Hay, además, un concepto que me gusta especialmente: la humildad intelectual. Reconocer que podemos estar equivocados parece bastante obvio cuando lo escribimos, pero es mucho más difícil cuando aquello que estamos discutiendo toca nuestras convicciones.

Pensar críticamente tampoco significa permanecer siempre neutrales. Hay hechos y evidencias frente a los cuales podemos llegar a posiciones muy firmes. Tampoco creo que todas las versiones tengan necesariamente el mismo valor ni que la verdad se encuentre siempre en algún punto intermedio. De lo que se trata es de poder explicar, primero a nosotros mismos, por qué creemos lo que creemos y estar dispuestos a revisar esa posición si aparecen elementos que no conocíamos.

Quizás ahí esté una de las cosas que más me inquietan de nuestra conversación pública actual. Tenemos una enorme capacidad para acceder a información y, al mismo tiempo, muy poca paciencia para permanecer un rato en la incertidumbre. Decir “no sé”, “no conozco suficiente” o “todavía me estoy formando una opinión” puede parecer falta de carácter cuando, en determinadas circunstancias, podría ser una señal de responsabilidad.

El valor de esperar antes de opinar

Por eso aquella conversación con Fátima se quedó ahí en un compartimiento de mi cabeza, en mis pensamientos laterales, como les suelo llamar. No estábamos diciendo que no quisiéramos involucrarnos ni entender lo que estaba pasando. Tampoco estábamos renunciando a formar una posición. Estábamos reconociendo algo mucho más simple: todavía nos faltaban elementos para decidir qué pensábamos. Y quizás eso también sea parte de pensar.

Y esto deberíamos poder hacerlo más seguido. No todo lo que sucede necesita una reacción inmediata de nuestra parte. Podemos escuchar un poco más, buscar otra fuente, tratar de entender la posición que inicialmente rechazamos, separar aquello que sabemos de aquello que creemos saber y, también, cambiar de opinión cuando encontramos razones para hacerlo.

Vivimos un momento particular de la historia, en el que tenemos acceso casi inmediato a múltiples versiones, interpretaciones y perspectivas sobre prácticamente cualquier acontecimiento. Quizás por eso sea un buen momento para recuperar también el derecho a no tener una opinión, sobre todo. No como una renuncia a pensar, sino justamente como una forma de tomarnos el pensamiento un poco más en serio.

Antes de tener una opinión propia, quizás deberíamos asegurarnos de que realmente sea nuestra.

(El veredicto del juicio de Linsey Clancy aún no está y no lo sabremos cuando esta nota salga, pero seguro muchos de nosotros ya tenemos un culpable, como en la vida misma)