Cuando mi mamá dejó Buenos Aires para casarse con mi papá y vivir en Mendoza, la distancia se medía de otra manera. Comunicarse con su familia implicaba escribir cartas o hacer llamadas telefónicas que podían ser carísimas. Las noticias no llegaban en el momento y participar de la vida cotidiana de quienes habían quedado lejos era prácticamente imposible.
Décadas después me tocó a mí dejar Mendoza y construir mi vida en Guatemala. La distancia geográfica era incluso mayor, pero la experiencia fue completamente diferente.
Recuerdo cuando apareció Skype y lo extraordinario que me parecía poder ver a mi familia desde otro país. Después llegaron BBM, WhatsApp, las videollamadas, los grupos familiares y las fotos que nos permiten participar de un cumpleaños, ver qué están comiendo un domingo o compartir cualquier cosa que sucedió durante el día.
La tecnología consiguió que estar lejos fuera bastante menos lejos. Para quienes vivimos fuera de nuestro lugar de origen, eso tiene un valor difícil de explicar. No se trata únicamente de comunicarnos. También nos permite seguir formando parte de la vida de las personas que queremos.
Pero esa misma pantalla, capaz de acercarme a Mendoza desde Guatemala, puede alejarme de alguien que está sentado a menos de un metro.
No hace falta que suceda algo importante. El teléfono se ilumina sobre la mesa y lo miramos. Muchas veces no hay una urgencia, un problema ni una persona que necesite encontrarnos. Hay una notificación, un mensaje que podía esperar o simplemente algo nuevo.
Y alcanza para que, durante unos segundos, dejemos la conversación, la comida, la película o a la persona que tenemos enfrente.
El costo de una atención siempre disponible
Pensaba en esa contradicción al conocer el acuerdo alcanzado por Meta con decenas de estados y territorios de Estados Unidos por las demandas relacionadas con el uso de Facebook e Instagram entre niños y adolescentes. La compañía niega haber actuado incorrectamente, pero aceptó establecer límites diarios, restricciones durante la noche, notificaciones desactivadas en horario escolar y mayores controles parentales, entre otras medidas.
La protección de los menores es el centro del acuerdo y debe serlo. Ellos están formando hábitos, identidad y maneras de relacionarse. Pero las medidas también dejan una advertencia para los adultos: si es necesario limitar las notificaciones, establecer pausas y evitar que una plataforma interrumpa ciertas horas del día, entonces nuestra permanencia frente a la pantalla no depende únicamente de la voluntad.
Detrás de cada notificación, cada recomendación y cada contenido que comienza inmediatamente después del anterior existe un diseño. Las plataformas conocen nuestros horarios, cuánto tiempo nos detenemos frente a una publicación, qué pasamos de largo y qué consigue que volvamos. Su negocio necesita nuestra atención y dispone de muchas herramientas para competir por ella.
Los adultos podemos comprenderlo y aun así caer una y otra vez. También revisamos el teléfono casi sin darnos cuenta, entramos para responder un mensaje y terminamos mirando otras cosas, o nos acostamos con la intención de ver algo durante cinco minutos y permanecemos mucho más.
Yo tengo desactivadas las notificaciones de las redes porque prefiero decidir cuándo entrar y no que una alerta lo decida por mí. Sin embargo, eso no significa que siempre consiga estar completamente presente. A veces el teléfono está en silencio y somos nosotros quienes vamos a buscarlo.
No creo que necesitemos rechazar la tecnología ni volver a las cartas y a las llamadas internacionales carísimas. Yo no quisiera hacerlo. La tecnología me permitió acompañar a mi familia desde lejos, sostener amistades, trabajar y sentirme parte de dos lugares al mismo tiempo.
Lo que necesitamos revisar es cuándo dejó de ser una herramienta que usamos para convertirse en una presencia que interrumpe casi todos los espacios de nuestra vida.
Lo que dejamos de mirar mientras miramos una pantalla
También deberíamos preguntarnos qué estamos perdiendo mientras estamos pendientes de lo que sucede en otro lugar. Las personas que tenemos enfrente no funcionan como un feed. Una conversación tiene silencios, repeticiones y momentos en los que nadie tiene algo extraordinario para contar. Una amistad y una pareja tampoco pueden producir una novedad cada quince segundos.
Tal vez nos acostumbramos demasiado a que siempre exista algo más interesante después. Otro video, otra historia, otra noticia, otra conversación. Frente a esa oferta interminable, lo cotidiano puede parecernos insuficiente.
Pero la vida ocurre muchas veces ahí: en una sobremesa que se alarga, en una historia que nuestros padres ya contaron antes, en una conversación sin grandes revelaciones o en la posibilidad de estar con alguien sin hacer nada especial.
El acuerdo de Meta obligará a introducir límites para proteger a los menores. Los adultos probablemente tendremos que construir los nuestros. No para alejarnos de quienes están lejos, sino para no desaparecer de la vida de quienes están cerca.
Medimos cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, pero casi nunca cuánto dejamos de mirar mientras estamos ahí.





